“Setenta años me han enseñado a aceptar la vida con alegre humildad”, comenzó diciendo el profesor Freud.
La escena en que tuvo lugar nuestra conversación fue su casa de verano en el Semmering, una zona montañosa de los Alpes austríacos donde le agrada reunirse a la Viena elegante.
Desde el momento en que una afección maligna de la mandíbula superior hizo necesaria una operación, Freud usa una ortopedia mecánica para facilitarle el lenguaje.
“Detesto mi mandíbula mecánica porque la lucha con el mecanismo me consume tanta preciosa energía. Sin embargo, prefiero una mandíbula mecánica a no tener ninguna. Todavía prefiero la existencia a la extinción.
“Quizá los dioses son bondadosos con nosotros”, siguió diciendo el padre del psicoanálisis, “al hacernos la vida cada vez más desagradable a medida que envejecemos. Al final, la muerte parece menos intolerable que las múltiples cargas que arrastramos”.